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TRAS LA CARRETA VERDE

Un día la muerte se llevó a nuestros padres, a nuestros hermanos, y después a nuestros hijos. Ahora ya sólo quedamos una decena de viejos centenarios en esta aldea de agricultores perdida en las montañas de México. Nueve han perdido ya la memoria por completo y vagan por el pueblo como muertos vivientes. Y yo aquí me encuentro buscando entre los aperos de labranza ese mango de madera que acaba en una cuchilla afilada con punta. Alguien tiene que acabar con todo esto.
Pero no lo encuentro. No soy capaz de encontrarlo.

LES MORTS-VIVANTS

LES MORTS-VIVANTS
Llevábamos ya tiempo en París, pero seguíamos teniendo México en nuestros corazones como el primer día que llegamos. Compramos abundante comida mexicana para celebrar el Día de Muertos con una cena típica de nuestra tierra. La cena se alargó hasta la medianoche, y cuando el champán y el tequila ya se habían apoderado de nosotros, decidimos visitar el cementerio más cercano. Buscamos en Internet, programamos en el móvil el número 16 de la Rue du Repos, y con unas botellas de mezcal nos dejamos llevar por la voz metálica de aquella mujer que nos guiaba a través de la noche.
El cementerio estaba abarrotado de gente. Sonaba música por alguna parte y en seguida nos acercamos a ella. Un dúo interpretaba La vie en rose con un acompañamiento de piano. La escucha fue verdaderamente exquisita.  -¿Quiénes son? -preguntamos a un hombre de pelo largo y rizado que teníamos junto a nosotros. -Les Morts-Vivants, mesdames et messieurs. -¿Mandé? -Los Muertos Vivientes, güeys.
Los que cantaba…